lunes, 10 de enero de 2022

Súper Ella (por Patricia F.)

 




Propuesta del tintero de oro, microrrelato

Súper Ella. (por Patricia F.) 

Juana, Manuela, María, Patricia, Silvia, Claudia, Rosa, Ester y todos los nombres femeninos que a uno se le puedan ocurrir carga esta Súper Mujer sobre sus hombros. 

Ella va por la vida a paso apresurado, no sabe de cansancios ni desvelos, es mujer de siglos, milenios, de antes, de ahora... 

Hermosa por dentro y por fuera, sigue su camino enfrentando los cientos de monstruos que la atacan, le tienden emboscadas, la sorprenden a la vuelta de una esquina, pero ella no se amilana ante los problemas, ni ante nadie. 

No usa traje de heroína, ni capa ni espada (no las necesita) basta con su mirada penetrante de ojos verdes, negros, celestes, marrones, grises; sus palabras, sus gestos. La fuerza de su puño se descarga contra quienes ataquen a sus seres queridos. 

Ella, la que vio a su hijo morir crucificado o la que sintió en su propia carne las balas, el puñal de las guerras, que se desangró junto al malherido, la que leyó cuentos y contó historias; veló los sueños y cuidó de sus padres. Arremete con todas sus fuerzas ante injusticias. 

Ella, es una y es todas, de armas tomar, mujer empoderada, Juana, Manuela, María... Mujer Maravilla. 










jueves, 6 de enero de 2022

 

"En un agitar de abanico"

(por Rosana)

Hoy me uno a la propuesta de El dulce susurro. Nos invita a concurrir a su baile, munidos con abanico.





Vivo sobre la calle Defensa. En estos tiempos, por aquí el calor abruma. Solemos escuchar a las cigarras que escondidas en las copas de los árboles nos hacen burlas: "quédense adentro, les va a convenir", dicen en su idioma, pero a mi el verano me provoca, por un lado me empapa de sudor y por el otro me llena de ganas de pasear y recorrer el barrio, este barrio que guarda tantos secretos y que en invierno es imposible que pueda recorrerlo.

Las cigarras a todo el mundo asustan,  a mi - como siempre, ya que jamás hago lo que los demás hacen - me provocan deseos irrefrenables de comenzar a caminar por esas calles que admiro. 

Las calles se mantienen tal cual eran entonces. El empedrado tiene magia, transporta. Se queda con los tacos incrustados. Nos hace caminar tambaleantes. Una danza irremediable que nos bambolea, mientras nos mete en un túnel del que es muy difícil salir. Salí temprano, me faltaban hacer unas compras, el calor sofocaba y las enaguas se me adherían a las piernas, no me dejaban avanzar. Las gotas de sudor iban haciendo piruetas por toda mi cara. La nuca ya estaba empapada y las gotas que iban a empezar a rodar por la frente, seguramente arruinarían el maquillaje que no sé para qué, me había puesto tan temprano. 

Caminé unas pocas cuadras, ya lo veía desde lejos: ahí estaba en la esquina, el mercado de San Telmo, allí conseguiría lo que me faltaba. Un revoltijo colorido y atrayente: de una forma mágica, las verduras  lucían orgullosas en los puestos. Una paleta de verdes y amarillos, salpicados por rojos pimentones y en otros puestos, el chorrear de las medias reces se confundían con  el sonido insoportable de los cuchillos que están por ser afilados, listos para rebanar lo que hace pocas horas era una vaca pastando tranquila por  del campo. En medio de esas escenas tragicómicas, el local de las antigüedades abría sus puertas para mostrar un cuadro de épocas congeladas, todas al unísono, sin muchas posibilidades de descubrir en qué momento histórico estábamos. Y ahí en un rincón, suspendido de un alambre lo vi. Estaba cerrado. El calor seguía matándome y mis ganas de seguir caminando continuaban intactas, así que le dije al vendedor: lo llevo. 

El pequeño hombrecito, lo descolgó con rapidez haciendo muecas de gratitud porque me había enamorado de ese objeto que pendía de una cuerda hacía vaya a saber cuántos años. Me lo entregó por unos pocos pesos e intentó contarme una historia, pero le pedí disculpas por no tener voluntad para escucharlo, solo quería caminar y no tenía ganas de escuchar disparates inventados por un vendedor de antigüedades aficionado a convencer a sus clientes de que todo tiene que tener una historia digna de ser contada. Estiró la mano, tomó el dinero y agradeció con la cabeza, agregó como pudo: "que tenga usted un hermoso fin de año", "vuelva cuando quiera, "ojo cuando lo abra..." y ya no escuché más. Apresuré la marcha, salí del mercado, ya me había fastidiado tanta amabilidad - otro problema que suelo tener, la amabilidad en exceso me saca un poco de eje - 

Ni bien di tres o cuatro pasos, seguí por la calle del Empedrado, abrí el abanico que había comprado para combatir ligeramente la ola de calor. Lo agité un poco delante de mi rostro, mientras tenía los ojos entrecerrados; al abrirlos, el sol se había escondido, y un trote de caballos me anunciaba la llegada de una galera lujosa que iba a pasar justo, justo a mi lado. Frenó unas casas más adelante. El cochero bajó, abrió la puerta y estiró la mano, y  como si me hubiese desdoblado y me estuviese viendo desde lejos, bajé de la galera vestida como jamás me había visto antes. Un hermoso vestido blanco bordado con hilos brillantes tornasolados me cubría de pies a cabeza - una forma de decir, porque tenía un escote más que pronunciado - Un precioso corte princesa resaltaba el busto que siempre se destacó. El pelo recogido se había olvidado de unos rulos que colgaban al costado de mis orejas, y las gotas de transpiración seguían siendo las mismas que hacía un rato, lo que no entiendo es por qué las dejaba rodar sin tocarme la cara, sospecho que en aquella época que estaba transcurriendo a pasos de mi, las señoritas no se secaban el sudor con las manos. El cochero volvió a subir a la galera y lentamente fue desapareciendo hasta doblar por Independencia. Quedé inmóvil dos veces: mirando qué iba a hacer esa niña vestida de gala, que también era yo, y la que hoy estaba espiando a la que fui. 

Me paré delante del portón de madera, se abrió y entré. Las luces de las velas eran tenues pero contribuían a que el calor sea mucho más insoportable;   las máscaras no me permitían ver a los otros invitados. Sentía que todas las miradas me desnudaban: una joven sola, vestida de impecable blanco, supongo que llamaría la atención. La música era un tanto estridente, a pesar de que el ritmo de un minué intentaba suavizar la escena  temeraria que se me presentaba por delante. Sólo me importaba el calor que sentía, pero todo me invitaba a seguir adentrándome en ese salón inmenso en donde muchos curiosos habían dejado la tertulia por observar detenidamente mi presencia. A pesar de las máscaras, podía intuir que las miradas apuntaban directo a mi abanico y yo no dejaba de agitarlo rápidamente, ya que entre el calor y la pesadez del vestido ya no sabía cómo lograr un poco de aire. Desconocía  el lenguaje del abanico, ni sospechaba que agitarlo de tal forma, llamaría la atención de los señores presentes, deseosos de poder encontrar con quién compartir la gala y ganar también pareja. Aturdida y sin dejar de agitarlo jamás , solo atiné a buscar la puerta de salida, pero las manos de los caballeros intentaban frenar el paso. El sofoco era más terrible todavía y entre todos habían hecho una ronda a mi alrededor para impedir que saliese de allí. Sin cerrar jamás el abanico, lo que rodaban por mi cara ya no eran gotas de transpiración, sino lágrimas  desesperantes, quería huir de allí y esas manos que me querían toquetear no me lo permitían.

De repente escuché que alguien dijo: 

- ¿De dónde lo sacaste? ¿Cómo llegó a tus manos?

¿Cómo les explicaba que yo venía del siglo XXI, que salí a pasear por San Telmo, que el calor me llevó al puesto de antigüedades del mercado ? El vendedor, el vendedor había querido explicarme algo y mi arrebato - como siempre - no me había permitido escucharlo.

Ante la falta de respuestas, los señores comenzaron a reír a carcajadas. Sus bocas detrás de las máscaras parecían túneles en donde seguramente iba a perderme más de lo que estaba. 

De golpe, detrás de los caballeros, la presencia de una señorona muy fina comenzó a adelantarse. Ellos iban abriendo la ronda a medida de que ella iba acercándose. Su vestido de terciopelo azul iba lustrando los zapatos de todos. Caminaba y se imponía y yo aterrada iba retrocediendo. 

- No  sé de donde lo sacaste, ni dónde lo obtuviste, pero agradezco tanto que lo hayas traído hoy aquí. Me pertenece y te agradezco muchísimo el atrevimiento de haber venido para devolvérmelo. 

No me atreví siquiera a decirle que desconocía quién era. Temí ofenderla. Supuse que para la época habrá sido una gran figura digna - o no - de respeto. Sólo sé que lo solté, lo dejé caer al piso y de golpe me encontré viendo las vidrieras de una casa de antigüedades, observando detenidamente un piano de cola que rogaba ser comprado por alguien. El ruido de los colectivos y el gas enviciado  de los caños de escape me devolvieron la tranquilidad que necesitaba. El agobio me recordó que era verano, el momento propicio para recorrer San Telmo, porque en otro momento, el trabajo me lo impedía.

lunes, 3 de enero de 2022

Cada año, nuevo comienzo. ( por Patricia F.)

 Cada año, nuevo comienzo. (por Patricia F.) 



Llegadas estas fechas para todos es época de balances, replanteos, nuevos planes, críticas; en fin, el momento de dar vuelta la página y comenzar con una nueva; una página que puede ser en blanco y negro o llenarse de colores, dependiendo claro, de nuestros estados de ánimo. 

Cada uno sabe, qué se ha propuesto para el año que comienza y qué cosas no desea repetir del que se fue. 

En mi caso siempre armo una laaaaargaaaa lista de ambas cosas y voy tratando de eliminar obstáculos en el camino hasta lograrlas, a veces lo logro y muchas quedan pendientes, no siempre se puede con todo. 

Pero, en fin, desde que tengo uso de razón para mí: "Año Nuevo- Cumpleaños” es motivo de mucho festejo, pues van de la mano, mis ojos vieron la luz de este mundo un 2 de enero de 1963, el regalo de año nuevo según yo, el lechón que le había caído pesado a mi madre, según mis tíos.... 

Pues vaya lechón el que llegó, lo pienso y me causa risa, no sé si me esperaban ese día, de lo que estoy segura es que supe esperar para no arruinarles la fiesta y así, yo tener un día más para festejar después del cambio de año. En fin, como dije anteriormente, yo sigo la fiesta que, por ser aquí, en el hemisferio sur, arrastra ese calor insoportable y húmedo de la pintoresca Buenos Aires, por lo tanto, mientras pienso, festejo y analizo se van acumulando en el tacho de basura, botellas vacías de espumantes, sidras, vino blanco... (hace calor dije, 33°, 34° centígrados en los festejos el agua fría sola de por sí no alcanza). 

De verdad que estoy feliz habiendo nacido no bien empieza el año, será que tengo alma de estrella y me gusta estar allí llamando la atención, continuar la fiesta, realmente me encanta 

No quiero desviarme de tema, volviendo a las propuestas nuevas he notado el cambio que se produce a medida que voy poniéndome mayor, no me gusta decir vieja, porque “viejos son los trapos” diría mi madre, quiero una vida más calma y sin sobresaltos, hacer lo que me gusta cuando quiero y tengo ganas, aunque lo primordial en los tiempos que corren es tener salud y más salud, con ella todo se puede lograr; quiero tomar el lienzo en blanco que se inicia y llenarlo de risas, letras, música y dibujos, de paisajes y de sueños; abrir las alas, levantar el vuelo; descubrir nuevos universos llenos de magia, quiero que la vida sea la vida y nunca dejar de soñar. Poder andar nuevos caminos, aunque no salga de mi casa, (no son tiempos de viajar). 

Leer mucho, tengo apilados libros nuevos para este verano y muchos que releer en el invierno, cuando llegue. 

Otro año más a cuestas en el mundo y en mi haber, más plantada ante la vida y los nuevos desafíos, brindo por la vida, la paz, el amor y la felicidad, ¡salud! 

 

 

domingo, 26 de diciembre de 2021

 Resiliencia (por Rosana)

Foto capturada por mi

24 de diciembre de 2020. Vísperas de Noche Buena. Olvidé comprar el helado. Siento un terrible calor y tan pocas ganas de ir a comprarlo. El  helado comienza a saborearse cuando se empiezan a tener ganas de comerlo, se va haciendo agua la boca y requiere de rapidez para conseguirlo e ingerirlo rápidamente para saciar ese deseo. Hacer cola para comprarlo no me entusiasmaba. Rezongo, tomo mi bandolera y subo por Defensa, me pesan las piernas y la voluntad se escondió de tal manera que voy arrastrándome. Llego a Caseros, asomo la cabeza y la sombra de la cola en la heladería me fastidia, me hace bromas desde lejos, la veo reír a carcajadas. Sabe lo que me gusta esa crema fría, sabe que es lo que más me gusta y también sabe que con 33° a la sombra es difícil cumplir con los rituales navideños. Sabe que para mí es un sacrificio enorme salir; en casa el aire acondicionado me estaba regalando un abrazo de 24 grados que me costaba soltar.

A pesar del desgano, el obturador de la cámara de mi celu siempre está listo. Voy intentando captar y guardar momentos que luego serán relatos. Mi intención era fotografiar la cola para mostrarle a mi marido cuánto lo quiero y cómo dejé la comodidad del hogar para disfrutar juntos, luego, el preciado postre congelado. Pero una se propone y la realidad dispone, así es que hice click, justo en el momento exacto que salía de la heladería. Vi salir una espalda curvada, muy curvada como buscando algo que se había perdido, las rodillas se unían formando un único vértice. Iba casi arrastrando los pies con pasitos muy cortos. En la mano izquierda un bastón de metal que años antes había sido una frustración y hoy, su mejor amigo y compañía. En la derecha, tensionada y apretadas entre los dedos de esa mano deformada por la artrosis, las manijas de la bolsa que casi arrastra con casi tres kilos de helado. Su cuerpo lucha contra su realidad e intenta ponerse erguido, pero la edad y la vida no se lo permiten. Camina con torpeza. El  calor no pareciera ser su enemigo. Está realizando un acto heroico porque a pesar de los tantos años que empujan esa espalda encorvada, va con suma autonomía hacia un taxi que lo va a llevar junto a los suyos después de tanto encierro, después de tanta soledad acumulada por la cuarentena. Sube al taxi su cuerpo de ochenta y pico portando un semblante de treinta: hoy va a saborear no sólo helado, sino ese abrazo familiar que hace tanto no recibe.

Quedé mirándolo un rato largo, hasta que el taxi desapareció. Sin querer, fotografíe lo que querría para mi futuro: ser libre y autónoma hasta que el Señor disponga pasarme a otro plano. 


Violencia. (Por Patricia F.)

  Hola a todo el desafío de este jueves 10 de septiembre se encuentra a cargo de Ibso, el tema es: "EL OBJETO, LA IDEA O EL SENTIMIENT...